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Se cumplen cuatro meses desde la manifestación de Madrid que conmovió al mundo. ¿Se puede hacer un balance?

El 15-M, es un movimiento maravilloso. Ha sobrepasado nuestras fronteras demostrando que en Europa también es posible la movilización de masas que exijan, ese sería nuestro deseo, en España, el fin de ese pacto contra los trabajadores de todas clases que se llamó Transición, y en Europa, la refundación de las repúblicas para darles un contenido social inamovible por mandato constitucional. Han sido capaz de luchar, al igual que en otros países oprimidos por crueles dictaduras y, ha demostrado, que también se puede soñar en éste continente, en una utopía que se repite una y otra vez a lo largo de la historia de la humanidad: cambiar el mundo. No somos anarquistas, no somos comunistas, somos republicanos, pero como ellos llevamos un mundo nuevo en nuestros corazones de justicia social y solidaridad.

Asamblea en la plaza de Síntagma, Atenas el veinte de julio de 2011

Un sector de la juventud española, probablemente el más afectado por la crisis, al contrario de lo que se pensaba, es capaz de iniciar un movimiento de protesta y mantenerlo durante mucho tiempo y arrastrar a él a otros sectores de la ciudadanía que parecían muy alejados de las preocupaciones sociales. Un movimiento, que además quieren dirigir ellos. Lejos de los partidos políticos y sindicatos antiguos, que sirvieron para la heroica lucha del proletariado industrial, la clase obrera revolucionaria, pero que para estas nuevas generaciones de la informática, es lo viejo, es lo que pertenece al modo de producción antiguo nacido de la Revolución Industrial.

Miles de jóvenes, acudieron el 19-J a las puertas del Congreso de los Diputados en un nuevo acto de protesta

Juventud madrileña evitando un deshaucio en el barrio de Tetuan

Una de las numerosas asambleas en la plaza del Carmen en la que cientos de jovenes llenaron la plaza

Fueron capaces de mantener la ocupación de la plaza más emblemática de España durante más de dos meses: la Puerta del Sol. En ella, fue donde los madrileños se levantaron contra los franceses y donde en abril de 1931 se proclamó la II República. Durante mucho tiempo en otras plazas de toda España han seguido el ejemplo de Sol. Han conseguido la solidaridad de media Europa y países de otros continentes y ser ejemplo para ellos aunque ellos mismos reconozcan que los pioneros están en Islandia y en la heroica y numantina lucha de los pueblos árabes para quitarse de encima el lastre de las dictaduras feudales del burka, que allí, en esos países está costando muerte y sufrimiento sin par. Los medios de comunicación de medio mundo han hablado de la Puerta del Sol.

Asamblea general del movimiento 15-M en la Puerta del Sol

La movilización fluctúa, la acampada en la Puerta del Sol se tuvo que reducir a un pequeño campamento con un punto de información que fue definitivamente desalojado cuando con lujo asiático y mucho dinero un Papa decidió que España era suya. Y, aunque se le contestó que "no" con una masiva manifestación laica que no había sido financiada por Estado alguno, ni vaticano ni español, ese señor, que como decía Atahualpa Yupanqui desayunó y muy lujosamente, "en la casa del patrón" consiguió momentáneamente su propósito.

Los ireductibles...

pero poco va quedando de Sol

El punto de información de Sol, una joya de la arquitectura rebelde, destruido sañudamente unos días después, quizás por órdenes precisas del Sr. Rouco Varela

20.000 manifestantes laicos le dieron un !no¡ rotundo al Papa

No con mi dinero

Pero... ¿Donde estaba esta gente? antes del 15-M. En un lugar en donde el "tradicionalismo" de izquierdas es incapaz de entender que existe. En un lugar, en el que la ceguera antigua de los republicanos españoles no les permite ver: estaban y están en lo nuevo. Están dentro del nuevo modo de producción que se avecina y que creará los antagonismo, las luchas y las esperanzas de clase que en otro tiempo creo la Revolución Industrial. Sol es lo nuevo.

Y si no es lo nuevo, es decir, el embrión de lucha que corresponde a las nuevos grupos sociales que han surgido de la revolución tecnológica, que empiezan a marcar el nuevo modo de como los seres humanos producirán los bienes y servicios que necesitaran para vivir en los tiempos que vendrán, si surge de esa revolución en donde la red, internet, al igual que en otros tiempos las fábricas, sirve de aglutinante, de nexo de unión de millones y millones de seres humanos, superando con creces las concentraciones de trabajadores en las fabricas nacidas de la Revolución Industrial, si no es lo nuevo, repito, si podría ser un ensayo de las herramientas que las próximas generaciones nacidas al calor de la revolución tecnológica crearan, al igual que se crearon los sindicatos, los partidos socialistas o comunistas, el movimiento anarquista, para defenderse de la eterna explotación a que son sometidos los trabajadores de todas clases.

Así como la burguesía creó al proletariado, el neoliberalismo, de la mano de la revolución tecnológica, creó a los mileuristas, seiscientoseuristas, etc. Tal vez sea una lucha espontánea de estos nuevos grupos sociales por encontrar una herramienta que les permita defenderse. Tal vez, en sus inicios, los elementos más lucidos a la par que sensibles de esta sociedad, ante el sufrimiento que se nos viene encima, hayan visto un camino no trillado para oponerse a la barbarie capitalista. Tal vez, a raíz de su éxito una maraña de oportunistas sin escrúpulos quieran apropiarse de él. Tal vez, todavía sea pronto para saber por donde tirará y lo que dará de sí en esta etapa, pero lo que ya es seguro, es que pasaran a la historia y ésta tendrá en el futuro que hablar de ellos si quieren comprender los cambios sociales que seguro se avecinan para nuestra sociedad. Cambios sociales que pueden ser para bien o para mal. Sin embargo, lo nuevo también envejece y al envejecer éste primer asalto, Sol, se fue a los barrios.

Cuando Sol se fue a los barrios, el movimiento, acepto la lucha antigua que el pueblo ha llevada a cabo desde el principio de los tiempos.

Joaquín Ortiz

Política agraria común, menos común de lo que parece

Vicent Boix.
Escritor, autor del libro El parque de las hamacas. Artículo de la serie “Crisis Agroalimentaria”, ver más aquí.

 

En el año 2010, cerca de 900.000 personas y entidades del estado español, se beneficiaron de los más de 5.000 millones de euros en ayudas económicas enmarcadas dentro de la Política Agraria Común (PAC). Sin embargo, estas espectaculares cifras no deben confundir, pues una cosa es repartir y otra muy distinta es hacerlo con justicia y equidad. Según el informe “Una injusticia llamada PAC”, editado recientemente por la organización Veterinarios Sin Fronteras, el 16% de los favorecidos por las subvenciones en el estado español lograron hacerse con el 75% del monto total. Los 58.000 mayores beneficiarios (7% del conjunto) se embolsaron cerca de 2.600 millones de euros, es decir la mitad.

Entre los agraciados se encuentran terratenientes, hacendados y aristócratas, como la familia “Osborne”, que recibió más de un millón de euros. Pero también hay grandes empresas del agronegocio, que suelen adquirir productos de agricultores y ganaderos para manufacturarlos y venderlos después. Por ejemplo, “Azucarera Ebro” -que percibió 61 millones de euros de las ayudas de la PAC- controla la mitad del mercado del azúcar en el estado español y tiene intereses en los agrocombustibles. Según este informe, pertenece a la British Sugar Company, una de las mayores corporaciones a nivel mundial en el sector y que además posee inversiones en África. Esta transnacional ha recibido más capital de la PAC, que la Xunta de Galicia o la Junta de Castilla León para sus programas de desarrollo rural. Dicha cantidad es mucho más elevada que la destinada en 2010 por el Ministerio de de Medio Ambiente, Rural y Marino, a su Plan Integral de actuación para el fomento de la Agricultura ecológica.

Han existido otras compañías españolas relacionadas con la alimentación, beneficiadas por las subvenciones públicas de la PAC. Aunque favorecidas por cantidades menores, no deja de ser llamativo que reciban dinero público ciertas empresas de la alimentación que, al adquirir productos del agricultor y ganadero, se aprovechan de su situación de dominio para pagarles cantidades irrisorias que a veces no permiten cubrir los costos de producción. También es llamativo que reciban ayudas corporaciones como “Mercadona”, “Carrefour” y “Lactalis”, que según este informe de Veterinarios Sin Fronteras, sumaron en 2010 más de 1.000 millones de euros en beneficios.

Esta bonanza económica empresarial dista mucho de la paupérrima situación económica que vive la agricultura y la ganadería en España, donde cientos de miles de personas pasan momentos agónicos para mantener sus trabajos. Frente a las esplendorosas cifras de las grandes empresas, la renta agraria ha descendido un 27% desde 2003. Y tanto en ministerios como en despachos ejecutivos, saben que el problema principal deriva de un mercado libre que ha favorecido que unas pocas empresas del agronegocio monopolicen la transformación, la intermediación y la venta de alimentos, imponiendo sus reglas y precios a agricultores, ganaderos y consumidores.

Por eso es ridículo e indignante que reciban ayudas los que luego asfixian al agricultor y le obligan a dejar el campo para engrosar las listas del paro. Porque con unas ayudas destinadas a promocionar el sector primario se está premiando a los verdugos que lo torturan sin cesar. Y que esto suceda año tras año, huele ya demasiado. También es curioso, muy curioso, que aquellos que claman al cielo por un comercio libre de ataduras y por un estado ausente del mercado, sean los primeros en parar las manos y llenarse los bolsillos.

En otra coyuntura comercial más ecuánime, el campo no requeriría ayudas porque durante mucho tiempo no las recibió y fue rentable y generoso. Más que subvenciones, lo que se necesita urgentemente es legislación y normas que confieran dignidad y un trato justo, sobre todo, en los precios de compra a ganaderos y agricultores.

pan y dime tonto

Vicent Boix.
Escritor, autor del libro El parque de las hamacas. Artículo de la serie “Crisis Agroalimentaria”, ver más aquí.

Durante seis días de la semana su despertador está programado a las dos de la mañana. A esa hora la mayoría estamos atrapados por los encantos de Morfeo, pero Ramón se levanta fielmente y sin rechistar. Legañoso llega al cuarto de baño donde una ducha lo acaba situando en el nuevo día que comienza. Se viste con su ropa de faena, baja por las escaleras apresuradamente y cruza la calle hasta llegar a su panadería. Allí le espera su ayudante, Manolo, que le indica que la noche veraniega está siendo poco generosa con la temperatura, y por tanto, esta madrugada se sudará la gota gorda al lado del horno.

A las seis de la mañana alguien llama a la puerta trasera que da justamente a la sala de fabricación. Ramón deja de amasar y cubierto con una capa de harina abre la puerta. Es Silvia, la encargada de una empresa de embutidos situada en una localidad colindante, que todos los días compra una barra de pan artesano para poder almorzar en el trabajo. Ella siempre repite, que pocas cosas existen como un buen bocado del pan recién hecho que paciente y concienzudamente prepara Ramón. Para Andrea, un oasis en el desierto laboral, que le permite escapar de la realidad protagonizada por el estrés, las reprimendas de su jefe Enrique y el agobio por si la nómina no se ingresa a tiempo.

Ramón lleva treinta años repitiendo la misma rutina y recibiendo alabanzas de una cada vez más mermada clientela, que degusta día tras día ese pan crujiente único e incomparable. Él se muestra feliz, sonriente y bromista, pero dentro de su ser el cansancio y la desazón se van apoderando. Muchos años cumpliendo cabalmente con un trabajo exigente que lo sumerge en un horario agotador, mientras observa impotente como los tiempos cambian y la reciente crisis económica ha torpedeado el futuro de su pequeño negocio. Muchos clientes de antaño pasan de largo a la siguiente calle, donde en un supermercado compran el pan a mitad de precio. La calidad no es comparable, pero estas personas, si hay que apretarse el cinturón, prefieren hacerlo en la comida y no en el teléfono móvil de última generación.

Respetable dice un resignado Ramón, mientras que una comprometida Silvia se despide hasta la madrugada siguiente con un escatológico “Dime qué comes y te diré quién eres”. Manolo cierra la puerta trasera pensativo y le recuerda a su jefe los nuevos ajustes laborales y sociales que anunciaron en el telediario de anoche. Los ricos más ricos y la mayoría más pobre. A este paso, él acabará sucumbiendo ante la dictadura de la banca y comprando el pan en el supermercado de la calle cercana.

Tras una pausa cargada de pesadumbre, Manolo le explica que recientemente vio un par de anuncios de dos grandes empresas que venden pan de molde, que según la propaganda pagada a los medios, están fabricados con estilos y aromas artesanos. Por primera vez en la madrugada Ramón se extraña y frunce el ceño. Piensa en los ejecutivos de esas compañías ¿Se levantarán a las dos de la mañana para cargar los sacos de harina y amasarla? ¿Sacarán el pan del horno con una pala, como hace el panadero artesano de toda la vida?

No hay respuestas y el sigilo se impone, hasta que Manolo abre otro saco de harina y rompe el triste silencio. Interroga a su jefe sobre la fórmula maravillosa propia del druida Panoramix, que permite que un pan “artesano” permanezca comestible durante días y semanas. Pero Ramón ya no hace caso. Se siente ultrajado y piensa si alguien llegará a creerse lo del pan de molde estilo “artesano”. El mercado y las grandes superficies le han quitado a muchos clientes pero ¿Podrán usurparle esa denominación propia de un duro oficio que aprendió de su difunto padre?

Amanece ya y Manolo, sin mala fe, sigue echando leña al fuego y advierte que algo similar está pasando con la horchata. Una empresa que la elabora industrialmente la denominó este verano como “maestro horchatero”. Es más, en su anuncio televisivo, hizo pasar su líquido embotellado como horchata artesana.

Al escuchar esto a Ramón le vienen al recuerdo dos anuncios más, en donde una empresa cervecera y otra de comida rápida, aprovechando el periodo estival, presumieron de vender sus productos en varios países. Piensa en los negocios y artesanos locales que sucumbieron ante la globalización alimentaria, a la vez que le parece contradictorio que se recurra a la diversidad lingüística y cultural para promocionar la uniformidad gastronómica. Asevera mosqueado en lo aburrido que sería dar la vuelta al mundo y encontrarse, en cada ciudad, siempre con el mismo museo, las mismas catedrales y a la gente hablando una misma lengua.

Manolo ya nota demasiada solemnidad y las palabras de su jefe se oyen ligeramente entrecortadas. Espera tranquilamente y cuando las aguas parecen volver a su cauce pronostica en voz alta que el Madrid de Florentino, este año, tampoco ganará nada. Pero de poco sirve cambiar de tema porque Ramón está en su mundo, del que sólo sale a las ocho y media, cuando llega su mujer a abrir su negocio, o lo que es lo mismo, una panadería artesana de las de verdad.

Dos siglos de ceguera

Vicent Boix.
Escritor, autor del libro El parque de las hamacas.

Todo el mundo reconoce hoy en día, que la naturaleza no es como una esponja que absorbe todos los golpes que se le asestan. Sus dinámicas y equilibrios se alteran con frecuencia, debido a los impactos que generan la mayoría de las actividades humanas. De hecho han pasado más de dos siglos desde la revolución industrial, y se ha superado con creces el límite a partir del cual nuestra civilización juega peligrosamente con fuego. La desertización, la contaminación, la pérdida de biodiversidad o, el de moda hoy en día cambio climático, son algunas de las consecuencias de dos siglos de desenfreno e irresponsabilidad bajo el paradigma del progreso y el desarrollo.

Lo que le damos a la naturaleza, ésta, sin malicia, nos lo acaba devolviendo. Por ejemplo, la tala indiscriminada de árboles, en algunos casos para crear infraestructuras o urbanizaciones, ha matado la fertilidad del suelo que era capaz de absorber el agua de las lluvias, provocando alarmantes inundaciones y deslaves en zonas muy concretas.

También durante décadas se han vertido miles de compuestos químicos contaminantes en el medio ambiente, que acaban retornando peligrosamente, amenazando el bienestar de los desdichados que abusaron de ellos a cambio de una pizca de felicidad. En algunos casos regresan camufladamente y sin avisar. Unas veces están en la atmósfera, otras en frutas y verduras, también en pescados y carnes, en el agua, o simplemente los respiramos en nuestro hogar. Muchos no entrañan riesgo, de otros no se saben sus efectos con exactitud, y muy difícil resulta de predecir, qué sucede cuando interactúan varios de ellos, aleatoriamente, en nuestros organismos.

Sólo en España, la contaminación atmosférica podría ser la responsable de más de 15.000 muertes anuales. Más que las derivadas de los accidentes de tráfico o de cualquier terrorismo conocido. Decenas, posiblemente cientos de ciudades viven constantemente cargadas de polución y respirando altos niveles de ozono, partículas minúsculas o monóxido de carbono. Sin embargo, esta lacra no recibe la atención mediática ni política que reciben los accidentes de carretera o el tabaco. Tal vez porque conducir mejor o peor, o fumar más o menos, es una decisión individual de las personas, mientras que la contaminación atmosférica es un fallo de un sistema que no se quiere formatear ni reiniciar.

Serían muchos los casos de relaciones “causa-efecto” por el comportamiento del ser humano en el medio ambiente. Pero hay uno del que se habló este verano, que llama poderosamente la atención por lo poco frecuente y porque muestra la ignorancia, la temeridad y el pasotismo de la clase política. Miguel de las Doblas, geólogo del Instituto de Geociencias de Madrid, afirmó a la Agencia EFE, que el terremoto que se produjo en Lorca el pasado 11 de mayo “…pudo ser en parte inducido por la extracción masiva de agua subterránea, durante años, para su uso agrícola e industrial”.

Sin duda, esta comunidad vivió y vive por encima de sus posibilidades hídricas, gracias al modelo de agricultura industrial que ha desarrollado, y sobre todo, gracias a una desorbitada fiebre del ladrillo, que germinó años atrás y que originó numerosos casos de corrupción. Lo de Lorca en mayo, puede ser un síntoma de una enfermedad que deberá apaciguarse más temprano que tarde.

Puede que sea un golpe, sin mala leche, de la madre naturaleza que aguanta vejación tras vejación, hasta que se supera el límite y responde con toda su energía y brutalidad. Entonces vienen los lamentos, las desgracias, la solidaridad y los partidos de fútbol para recaudar fondos. Pero, ya es demasiado tarde.

Muchos piensan que todas estas catástrofes son el precio que hay que pagar para mantener los “lujos” de esta sociedad, supuestamente del bienestar. Es más, aceptan y asumen dicho precio como una consecuencia no deseada del “progreso” actual, pero sin renunciar a él bajo ningún concepto. Independientemente de esta cuestión, lo que resulta extravagante cuando no alarmante o decepcionante, es que el planeta que se gestó y evolucionó durante cinco mil millones de años, haya enfermado -ecológicamente hablando- en poco más de dos siglos. Que los recursos naturales que se crearon en miles de años o las especies que evolucionaron desde tiempos inmemorables, ahora, en doscientos años, desaparezcan de la tierra.

Todo un abuso a nivel global, que será recordado con pena y cierta vergüenza por las generaciones venideras. Si existió una “prehistoria”, una “edad de piedra” o una “ilustración”, cabría preguntarse cómo denominarán los historiadores del futuro estos siglos que estamos viviendo, marcados claramente por la destrucción del medio ambiente y el consumo irracional de los recursos. Se admiten propuestas.