Coral del gran Baal (fragmento)

Llegué a las ciudades en tiempos del desorden,
cuando el hambre reinaba.
Me mezclé con los hombres en tiempos de rebeldía
y me rebelé con ellos.
Así pasé el tiempo
que me fue concedido en la tierra.
Fragmente del poema "A los hombres futuros"
En mayo de 1965, traducido por Jesus Lopez Pacheco, se edito un librito que se llamaba Poemas y canciones, de Bertolt Brecht. Se imprimió en un taller de Artes Gráficas, al menos en él se hizo una tirada de quinientos ejemplares, que se llamaba Gráficas ANCO. Se encontraba el taller en la calle Oudrid, no recuerdo que número y tenía también entrada por la calle Lorenzo Correa, paralela a Oudrid. El taller se había levantado ilegalmente en una parcela en un montículo en la que había un chalet cerrado desde la Guerra Civil, morada de decenas de gatos, y un cenador precioso en un jardín que debió existir alguna vez. Vivían también, supongo que ilegalmente, un matrimonio y una anciana, tía de la mujer instalada con su marido en aquel curioso lugar. En aquel taller trabajaba yo de aprendiz. De quién sería aquella propiedad.
En el Madrid de aquel tiempo, no era difícil encontrarse con imprentas más cercanas a la tecnología del siglo XIX que del siglo XX. Esta era una de ellas. No contaré como era la maquinaria, salvo aquella en que se hizo la tirada del libro. Se le llamaba en el argot de Artes Gráficas: máquina plana.

El maquinista y oficial que también se le llamaba marcador, metía los pliegos uno a uno. La máquina, con un ruido infernal, sacaba una platina por unos railes en donde se encontraba sujeta lo que se llamaba la "rama". Dentro de la rama, estaban los moldes de tipografía que podían estar compuesto letra a letra o con linotipia y también los grabados que era donde estaban las imágenes. Estaban separados los moldes con una especie de viguitas, que se llamaban imposiciones y sujeto todo con cuñas que se apretaban mediante un tornillo, bien apretadas para que los moldes no se movieran.
Entraba el pliego enrollándose en un cilindro impresor que se "aplastaba" sobre los moldes, previamente manchados de tinta por unos inmensos rodillos, tinta que dejaban impresa en el papel. Desembocaba el pliego impreso en unos hilos, mucho más finos que el bramante pero fuertes que lo arrastraban y recogía el pliego unas varillas de madera, que dándole la vuelta lo dejaban sobre un tablero. Trescientos ejemplares a la hora era la producción de aquella bellísima máquina de imprimir. Ah, y si se iba la luz, se le ponía un poderoso mango a la rueda de la máquina y se imprimía a mano.
En la segunda imagen, se ve un trabajador en la parte de atrás de la máquina, ese era mi trabajo: no permitir que los pliegos ya impresos se desigualaran y estar al tanto por si salía alguno torcido o arrugado sacarlo con la mano para que no se enredara en los hilos y pudiera romperlo o incluso romper alguna varilla de madera.
No tenía ni idea de lo que se iba a tirar cuando el oficial me dijo que me pusiera a igualar, me senté como siempre en la salida de la máquina, pero lo que iban a sacar aquellos hilos no era lo de siempre.
Cuando en negrita de, quizás un cuerpo 18, leí: "Preguntas de un obrero ante un libro". O en un cuerpo diez, Helvética "y en silencio Baal, un buitre cena". Los pelos empezaron a ponérseme de punta. Pero por qué, qué intuía que iba a ser el librito.
Le llego el turno al poema
Como la paga era escasa,
sentimos la necesidad de ahogar
en alcohol nuestras penas.
Y a continuación
Me han contado que en Ohio,
a comienzos del siglo,
vivía en Bidwell una mujer,
Mary McCoy, viuda de un guardavía
llamado Mike McCoy, en plena miseria.
Pero cada noche, desde los trenes ensordecedores de la Wheeling Railroad,
los guardafrenos arrojaban un trozo de carbón
por encima de la tapia del huerto de patatas
gritando al pasar con voz ronca:
"¡Para Mike!"
Y cada noche, cuando el trozo de carbón para Mike
golpeaba en la pared posterior de la chabola,
la vieja se levantaba, se ponía,
soñolienta, la falda, y guardaba el trozo de carbón,
regalo de los guardafrenos a Mike, muerto
pero no olvidado.
Se levantaba tan temprano y ocultaba
sus regalos a los ojos de la gente,
para que los guardafrenos no tuvieran dificultades
con la Wheeling Railroad.
Este poema está dedicado a los compañeros del guardafrenos McCoy
(muerto por tener los pulmones demasiado débiles
en los trenes carboneros de Ohio)
en señal de solidaridad.
Los ojos se me empaparon sin saber porque al leer este poema.
Y, al poco, allí estaba:
"En Polonia, en el año treinta y nueve
se libró una batalla muy sangrienta
que convirtió en ruinas y desiertos
las ciudades y aldeas".
Los pliegos se iban de un lado a otro o salían arrugados a la mesa mientras yo intentaba leer la parte del poema que se veía.
..."Decía: "Socorrednos.
Perdimos el camino.
Este perro os traerá.
Somos cincuenta y cinco.
Si no podéis venir,
dejadle continuar.
No lo matéis. Sólo él
conoce este lugar."
Era letra de niño,
y campesinos quienes la leyeron.
Ha pasado año y medio desde entonces.
Desde que hallaron, muerto de hambre, un perro.
¡Que lagrimones me caían por las mejillas!
Y entonces ocurrió lo que tenía que ocurrir. ¡crash! , cascó una varilla. El oficial paró la máquina al oír el ruido que tanto temía y que ocurría a un descuido del aprendiz y con un rollo de papel que utilizaba para apoyar el brazo, me increpo amenazante aunque sin llagar a cumplir su amenaza.
¡Qué podía hacer yo, si aquel libro, hablaba tanto de todo lo que yo veía a mi alrededor!. Buscar y esperar que alguien se pusiera en contacto para incorporarme a la lucha contra la injusticia. Y así hice en la primera ocasión que tuve, que llegó, el 1º de mayo de 1966.
Joaquín Ortiz, cuarenta y seis años después